JOSÉ SATURNINO MARTÍNEZ GARCÍA
EL PAÍS, 21-11-2005
Se da por supuesto que el sistema educativo español está en crisis, lo
cual resulta muy llamativo si tenemos en cuenta que se puede afirmar que
nunca ha estado tan bien como en la actualidad en varios indicadores.
Por ejemplo, el gasto por alumno es mayor actualmente que en cualquier
otro momento (medido en moneda constante) o los padres valoran
positivamente el trabajo de los profesores en más de un 80%, según un
reciente estudio del Instituto de Evaluación Educativa IDEA. Tampoco
nunca habíamos tenido una juventud con un nivel educativo tan alto. Es
un reto sociológico explicar cómo es posible que la percepción pública
se encuentre tan alejada de la realidad. En este artículo me centraré
sólo en una de las equivocaciones que se han convertido en lugar común
actualmente: la bajada del nivel educativo.
Para empezar, no me queda más remedio que ser escéptico con todos
aquellos que claman por el descenso del nivel educativo, una jeremiada
que se conoce casi desde que hay escritura. Digamos que una de las pocas
constantes sociales existentes es proclamar que el nivel cultural de los
jóvenes de ahora es mucho peor que el de antes, es decir, que cuando era
joven quien lo expresa. Normalmente, a tal percepción se llega debido a
que quienes así piensan eran buenos estudiantes y/o provenían de
familias con un alto nivel cultural, y comparan a los jóvenes de ahora
mismo con ellos, y sus amigos estudiosos, cuando eran jóvenes, y no con
el conjunto de la juventud de su época. Lo cierto es que nunca en la
historia de España ha habido una juventud que lee tanto por ocio como la
actual (74% de lo jóvenes se declaran lectores habituales, según el
último barómetro del gremio de libreros). Y es difícil encontrar otra
generación tan bien integrada como la presente en la ciencia
internacional. No es un lema vacío afirmar que estamos ante la juventud
mejor formada, más lectora y más viajada de la historia de España. Y
todo ello sin contar con el "efecto Flynn", según el cual cada
generación de niños puntúa mejor que la anterior ante las mismas pruebas
de inteligencia, sin que los motivos estén muy claros. Quizá los
psicopedagogos y su hija, la LOGSE, hayan conseguido en una generación
cumplir una letanía milenaria. Pero los únicos datos objetivos sobre la
cuestión, elaborados por el Ministerio de Educación (cuando Esperanza
Aguirre estaba al frente) muestran que el nivel educativo de los
adolescentes que estaban bajo el sistema LOGSE y bajo el sistema previo
es similar.
Pero ahí están los vergonzosos datos de PISA. En los resultados en
matemáticas, el nivel es inferior, pero no terriblemente bajo. Si la
media de la OCDE es de 500, el resultado para España es de 460, en una
escala en la que el 85% de los estudiantes de toda la OCDE puntúa entre
358 y 668. Y en lectura, las diferencias con la media de la OCDE son
prácticamente insignificantes en términos estadísticos (la media para la
OCDE es de 477, y para España de 461 ± 7,6 de error aleatorio). Si
tenemos en cuenta el rendimiento en matemáticas según el nivel del PIB
/per cápita,/ medido en unidades de paridad de compra, estamos más o
menos donde nos corresponde, aunque son muchos los países que están por
debajo o por encima de tal relación (por ejemplo, puntuamos similar en
matemáticas que EE UU, cuyo PIB /per cápita/ es de 35.179 dólares en
paridad de poder de compra, mientras que para España es de 21.347
dólares). Pero si tenemos en cuenta el nivel educativo de los padres,
que en España es de los más bajos de la OCDE, estamos mucho mejor; en
ese caso, en matemáticas pasamos a 505 puntos, quedando por encima de la
media de 500 puntos. Es decir, parte del bajo nivel educativo de la
generación actual tiene que ver con el bajo nivel educativo de la
generación de sus progenitores, por lo que cabe dudar de que en el
pasado el nivel educativo fuera mejor. Por otro lado, algunos rasgos del
sistema educativo español quizá puedan dar cuenta de estas pequeñas
diferencias, como que el número de horas lectivas anuales que se imparte
en España es menor que la media de la OCDE (845 y 936, respectivamente),
o que en ciertas áreas, como matemáticas, la parte proporcional de ese
periodo más corto, también es menor.
¿A qué se debe que una percepción que no se ajusta a la realidad tenga
tanto éxito? En parte al narcisismo apocalíptico de creerse los últimos
de una edad de oro. En parte, a una serie de cuestiones, que ya
señalaron Baudelot y Establet en Francia hace más de 15 años. Por un
lado, es difícil saber a ciencia cierta el nivel educativo, no sólo
porque no haya medidas con las que comparar, sino porque lo que cabe
exigir a los niños en cada época como nivel educativo varía: los niños
actuales pueden creer que la leche "crece" en los estantes del
supermercado, pero son los únicos de la familia que se apañan con la
cacharrería electrónica, es decir, unos conocimientos han sido
desplazados por otros, más adaptados al nuevo entorno social. Por otro
lado, puede estar aumentado el nivel educativo de la juventud al tiempo
que baja el nivel educativo en la escuela. Imaginemos un pueblo con 3
jóvenes, dos que asisten a la escuela, uno con un nivel educativo de 10,
otro con un nivel educativo de 5 y un tercero, que no asiste a la
escuela, con un nivel de 0. El nivel medio de la escuela sería de 7,5,
pero el de la juventud sería de 5. Supongamos que el tercer joven asiste
a la escuela, y es mal estudiante, con lo que su nivel será de 1. El
nivel medio de los jóvenes habrá aumentado a 5,3, pero el de la escuela
habrá bajado a 5,3. El número de estudiantes buenos no ha disminuido,
pero son menos en el conjunto de la población escolarizada. Cuando se
dice "qué bueno era el sistema educativo previo", no me queda más
remedio que pensar para quién, pues en lugares como Canarias, a
principios de los ochenta la escolaridad obligatoria cubría menos de un
80% de los niños de ciertas edades.
Por tanto, la percepción sesgada de la propia juventud de aquellos que
escriben y leen, junto con la lectura apresurada de un informe, han
contribuido a crear una sensación de crisis que dista mucho de reflejar
tanto el estado de la cuestión, bastante aceptable, como el origen del
(ligero) mal, la LOGSE, cuando parece que se debe más bien a nuestro
déficit cultural secular.
*José Saturnino Martínez García* es profesor del departamento de
Sociología de la Universidad de La Laguna.