LUIS GARCÍA MONTERO
EL PAÍS - 19-11-2005
Cuando los congresistas norteamericanos apoyaron con espíritu
patriótico la invasión de Irak, el cineasta Michael Moore hizo
averiguaciones para saber cuántos hijos de congresistas estaban
dispuestos a alistarse en el ejécito de EE UU. La respuesta era
previsible: ninguno. Deberíamos enterarnos del tipo de colegio en el
que se educan o se educaron los hijos de los líderes del PP que han
defendido en la calle, junto a la patronal de la enseñanza religiosa,
la libertad y la igualdad en las aulas. Sospecho que la mayoría, con la
libertad de su poder económico, han elegido colegios de élite muy
propicios para modelar el corazón de los futuros líderes sociales.
Obispos sin hijos conocidos y padres con hijos muy conocidos
socialmente están empeñados en decidir sobre el trabajo de los colegios
públicos. Y, claro está, no opinan como usuarios. Por eso les importa
poco el verdadero problema de la enseñanza en España: la bajísima
calidad.
Las encuestas europeas insisten en que nuestros estudiantes están
muy por debajo de la media deseable. No resulta difícil advertir que
una de las causas principales de este desastre social es la degradación
paulatina de la enseñanza pública. Los profesores, casi siempre muy
buenos profesionales, y autorizados por la oposición que aprobaron,
carecen de medios y de apoyo social para responder con su trabajo a las
demandas de una realidad cambiante, con transformaciones profundas en
los códigos juveniles de comportamiento y con las nuevas exigencias de
una emigración masiva que debe ser integrada. Cuando el problema real
se detecta de forma alarmante en las deficiencias científicas de la
enseñanza pública, los próceres de la patria salen a la calle para
exigir más apoyos a la enseñanza privada y más peso de la Iglesia. No
nos engañemos, los colegios concertados son centros privados que se
financian con dinero público, y la Iglesia Católica nunca se ha
mostrado muy partidaria del conocimiento científico. Acabo de leer un
teletipo de la agencia EFE en el que el responsable de asuntos médicos
del Vaticano afirma que la Santísima Trinidad se encuentra en el ADN.
Juro que no es broma.
Siempre me ha resultado inaceptable la identificación de la
enseñanza libre con la la libertad privada de fundar y dirigir
colegios. Los colegios privados responden a los intereses económicos e
ideológicos de su fundador, y los profesores no tienen más remedio que
plegarse a ellos (da igual que la empresa sea religiosa o laica). Una
enseñanza libre es la que se elabora en un espacio libre, con
profesores que puedan educar en la ciencia y en el respeto a los
valores públicos. No se trata de formar creyentes, ni patriotas, ni
élites, sino ciudadanos con igualdad verdadera de oportunidades,
futuros matemáticos, biólogos, médicos, filósofos o historiadores. Ese
es el reto. A la Iglesia Católica hay que explicarle que vivimos en
democracia y que ya es hora de que renuncie a los privilegios que le
otorgó Franco, en pago a su valiosísima ayuda en la sublevación militar
de 1936. El debate en una educación democrática no reside en el papel
de la religión, sino en la calidad de la enseñanza. Y la autoridad no
puede descansar en la identidad privada de las familias, sino en el
respeto público de los profesores.